La funa duele y tiene que doler

Por Muna Namore

Siempre recuerdo el día en que un profesor me dijo que nuestro quehacer consistía en incomodarnos e incomodar, que eso era un aprendizaje crítico. En ese momento pensé que era totalmente cierto, que él con todos sus años y su trayectoria académica estaba haciéndose cargo, que tenía toda la razón. Después, comencé a darme cuenta que mi vida es incómoda, que para ese hombre en sus enormes y múltiples privilegios eso representaba incomodarse, pero para quienes siempre hemos sido llamades minorías o víctimas la incomodidad es mucho más que un ejercicio, es algo con lo que hay que vivir, aprender a enfrentar y, finalmente, transformar.

Sin embargo, debo admitir que sí tenía mucha razón en algo, para aquellos quienes habitan y representan los privilegios de nuestra sociedad la tarea es incomodarse, es romper esas relaciones de poder, habitarse desde otros lugares para comprender lo que realmente implican sus violencias físicas y simbólicas para todes aquelles con quienes comparten este territorio. Que se den cuenta de todo el miedo y la incomodidad que implica saberte constantemente expueste a sus violencias.

Suena sencillo pero no lo es, y cuando empezamos a tomárnoslo en serio nos damos cuenta de que entonces todes tenemos algo de lo que incomodarnos y algo en lo que reacomodarnos, porque todes probablemente hemos sido violentadores y violentades. Pero, claro, sin olvidarnos de lo anterior.

¿De dónde viene todo esto y hacia dónde va? Viene de Las Tesis y “Un violador en tu camino”, viene sobre todo del estallido de funas que vinieron después, un levantamiento feminista que estoy segura que a todes nos ha remecido o incomodado de alguna forma. Porque sí, de eso se trata, cada vez que alguien comenta una funa invalidando y reviolentando a quien denuncia, mientras que a la vez millares de otras personas comentan apoyando y acompañándose, ahí se está ejerciendo la funa, ahí se está cumpliendo su objetivo, ahí radica toda su fuerza.

Cuando a muches les remece e incomoda al punto de sentir la necesidad de atacar ese espacio de visibilidad y reconocimiento, ahí se están atravesando nuestros patriarcados y nuestras historias. Y cada vez que las mujeres, marikas y disidencias se toman ese espacio de denuncia, de hacerse justicia, cuidarse y validarse entre compañeres, también se están atravesando los patriarcados y una nueva historia. Cada vez que visibilizamos la brutalidad y masividad de estas violencias machistas, por fin nos mostramos nuestras verdaderas caras y nos enfrentamos a esos conflictos que tantas veces han querido que ocultemos para la comodidad de los privilegiados y de su orden de impunidad.

Y aquí yo quiero mostrarles otra cara del conflicto, la mía y que puede ser de otres también, aportar desde mi lugar, reconocer mi propia experiencia y compartirla con todes quienes somos les sujetes de las violencias y opresiones machistas, con quienes compartimos la resistencia cotidiana al cistema que nos busca subyugar, mujeres, marikas y disidencias, quienes estamos en la primera línea frente al patriarcado.

Para mí las funas tampoco han sido algo fácil ni mucho menos que pase desapercibido, no sólo porque ha sido doloroso encontrarme con los testimonios de experiencias tan violentas y tan comunes y transversales, en muchos casos involucrando personas que conozco o por quienes tengo afectos, sino porque además me hicieron enfrentarme a un dolor diferente y personal de mi experiencia como marika lesbiana, a la conflictividad del sistema sexo-género y las relaciones que me ha implicado a lo largo de mi vida, tanto con hombres como con las mismas mujeres.

Leerlas mujeres conocidas, incluso amigas, reconociéndose y queriéndose la una en la otra de una forma en la que yo nunca me he sentido validada, leerlas mujeres compañeras, queriéndose, amándose, incluso más allá de la amistad, fue desconcertante y abrió una herida profunda, quizás un resentimiento, por nunca haber sido parte. Nunca suficientemente mujer, nunca hombre, una tercera categoría, una subespecie.

Ese viejo hábito, esa costumbre, esa forma de relacionarnos tan profundamente incorporada como es la jerarquización de nuestras sociedades sobre la base de principios patriarcales, se da también en la pequeña escala, en el colegio, la universidad, los grupos de amistades, la familia, en todo ámbito. Ahí también se viven las violencias machistas y de género en sus múltiples expresiones, y, como ya sabemos, a las mujeres como oprimidas se nos enseñó a invalidarnos y ser violentas entre nosotras, porque así las más fuertes podían sobrevivir a la voraz competencia por validación y por un buen puesto en la pirámide alimenticia.

Siempre ha sido muy difícil sentirse compañera de ustedes porque nunca me sentí considerada como tal, porque nunca me sentí mujer, porque nunca fui femenina ni tampoco quise ser masculina, no quise cargar con lo que significa ser camiona, pero tampoco pude alejarme de ser marimacho, ahombrada, machorra. Puede que haya sido parte, pero nunca me sentí como una de ustedes.

Siendo lesbiana, la ruptura iba mucho más allá de la expresión de género, venía en la composición misma de las relaciones que entablábamos. No nos relacionábamos como lo harían entre mujeres heterosexuales porque había una diferencia que parecía infranqueable, pero tampoco como lo harían con un hombre, porque ni para ustedes ni para mí lo era. Entonces ¿Qué queda? Una relación que no está dada ni por la igualdad, ni la competencia, ni el compañerismo, ni mucho menos la validación y el cortejo heterosexual.

A veces aparecía amigo/e, pero muchas veces lo que devenía era la minorización, la infantilización. Al no encajar dentro de las normas del binarismo, donde se determinan el crecimiento y la adultez en torno a la heterosexualidad reproductiva -entre otras cosas-, ese proceso de maduración me era ajeno. Lo más violento era la anulación de la sexualidad en su vastedad, que se invisibilizara una dimensión tan constitutiva y determinante del ser, que se cubriera con un tupido velo el carácter deseante y deseable de la corporalidad marika, la corporalidad disidente. Tan deseante y deseable que se vive en resistencia por el deseo de esa afectividad.

Por eso es que molesta tanto cuando se dicen lesbianas políticas, como si ser lesbiana no fuera supremamente político. Por eso duele tanto cuando reducen el lesbianismo a una decisión o incluso a una reacción ante los hombre, una experiencia tan definitoria de la identidad como difícil y violenta en estas sociedades heteropatrarcales. Parecieran instrumentalizar una experiencia tan profunda como la vinculación sexo-afectiva entre mujeres, al atribuirlo a que los hombres ya no valen, nuevamente dejándonos entre mujeres como la segunda opción, la segunda clase, el plan b ante la insuficiencia varonil.

Que la sexualidad también tiene un margen de decisión, de abrirte a explorar ciertas formas de amar y desear, yo creo que sí. Pero, de ahí a desconocer que nosotras hemos experimentado esos afectos más allá de nuestra racionalidad, más allá de la decisión, extirpando todo lo que implica personal e históricamente, eso ya es supremamente violento y, la verdad, heteronormado y patriarcal.

Esa perpetua incomodidad en los espacios, mixtos y separatistas, ese no sentirse completamente parte, esa es la incomodidad que proviene de las violencias y de la que todes tenemos que hacernos cargo en conjunto también. Esa incomodidad se debe intervenir y transformar, tal vez reacomodar, para que convivir y habitar se haga más llevadero en el cotidiano, e incluso para que devenga en nuevas formas de relacionarnos y vincularnos entre diferencias. 

Tanto hemos hablado de la diversidad como valor, pero ese discurso ha ocultado su dificultad, ha blanqueado su sentido y ha impuesto una falsa imagen de armonía sin conflicto. Pero, la diferencia es conflictiva y lo tiene que ser, porque sólo cuando realmente nos miramos cara a cara y nos enfrentamos honestamente podemos entonces encontrarnos y reconocernos por quienes somos, y comprender que realmente el valor de la diferencia radica en su conflictividad y el aprendizaje crítico que deviene del hacerse cargo.

Así mismo, la funa duele y tiene que doler, porque la funa es la visibilidad del conflicto, es dejar en claro que que las violencias no se alcanzan a dimensionar si no se viven en carne, si no han sido impresas en el cuerpo, y que por eso es tan importante reconocer dichas experiencias y entre nosotres en nuestras experiencias. Es enfrentarnos a la incomodidad que destruye los privilegios, es la incomodidad transformadora y revolucionaria, no la que reproduce las violencias.

Este texto pretende ser más que nada una invitación a enfrentarnos y confrontarnos, de construir espacios que sean realmente seguros y que no reproduzcan la violencia, la jerarquización ni el silenciamiento o incomodidad de las llamadas “minorías” y “victimas”. Este texto también es un agradecimiento, a todes quienes se han atrevido a denunciar, a la valentía que se contagia, a la sanación y el acompañamiento que se construye y a la potencia de conflictuarnos.

Pongamos el cuerpo y los sentires en la lucha, cuidemos a quienes se ponen en la primera línea de batalla, cuidémonos desde nuestros espacios, reconozcamos el valor de la experiencia y de nuestras historias, encontrémonos en la diferencia, que sólo de ese encuentro comprenderemos y quemaremos lo necesario.

La revolución será feminista y marika o no será.

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