Joker ¿Qué nos pasa con las violencias?

Por Muna Namore

Días atrás leí un comentario en internet que atribuía parte del “estallido social” en Chile a la película del Joker, algo que me dejó profundamente desconcertada y molesta ¿cómo es posible que un levantamiento popular histórico para Chile, con un sentido crítico y de ruptura radical con el sistema social, político y económico, y con una impresionante reconstrucción de las relaciones sociales pudiese ser provocado por una película de Hollywood?

No deja de ser llamativa la coincidencia de los hechos, pero si llegase a ser más que una coincidencia, definitivamente no sería una causa. La perversa tendencia a atribuir las transformaciones sociales a la industria cinematográfica, especialmente la hollywoodense, es para mí una forma de actuar de la hegemonía cultural sobre los imaginarios, un comportamiento repetitivo en las élites del poder que pretenden atribuirse la historia a sí mismas, adueñarse de lo ajeno y lo colectivo.

Lo que me parece más interesante es entonces pensar la película como una expresión sumamente sugestiva sobre el momento histórico actual, donde la violencia está siendo problematizada desde diversos ámbitos y dimensiones. En el Joker la principal violencia, la que ocupa la mayor parte de su duración, se centra en las vivencias cotidianas de abuso y opresión de su protagonista, un hombre que por sus problemas de salud mental se ve sometido a una violencia sistemática por parte de la sociedad en su conjunto.

Sin embargo, en lugar de profundizar en las numerosas violencias y problemáticas sociales tremendamente complejas que presenta, termina por generar una frenética enumeración sin hacerse cargo de ninguna. En cambio, decide concentrarse en sus recursos actorales, de producción y fotografía, y en el carisma y atractivo del Guasón para capturar a la audiencia.

¿Por qué concentrarse en la locura del protagonista como explicación, no sólo de la violencia que se ejerce sobre él, sino de su respuesta? Considerando la constante invisibilización y el desconocimiento generalizado respecto a lo que es e implica la locura, encarnar la violencia en este personaje parece una decisión peligrosa que puede reproducir su estigmatización, siendo que en la realidad excepcionalmente deviene en violencia exteriorizada o hacia los demás.

Lo que pone en evidencia lo anterior, y que reproduce las tendencias de la gran industria cinematográfica de Hollywood, es que la película prioriza la espectacularización de la violencia, elige a este personaje individual y estereotipado, para llevarnos a un desenlace de caos y catarsis que es tremendamente placentero y ansiado a lo largo de la película. La proliferación de las protestas descontroladas es el clímax que sí se relaciona efectivamente con nuestra coyuntura y con la indignación que es colectiva y revolucionaria.

El Joker es tremendamente certero en ser sintomático de la conflictividad social actual y de cómo la violencia sistemática deviene en legítima violencia -o autodefensa- popular, pero a la vez es tremendamente cómodo en conformarse con espectacularizar los síntomas, exaltados en el estereotipo del villano, sin indagar en sus problemáticas.

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