Desechables

Por Roxana Aguirre

El 18 de octubre explotó la crisis social en Chile, dejando a la vista muchas precariedades en el sistema educacional, de salud y de jubilación.  Uno de los problemas humanitarios más grande que presenta Chile es el de salud, donde miles de personas esperan por una atención digna y de calidad que no aparece en el umbral del desarollo humano en que nos encontramos.

En enero de 2016, mi tío se encontraba peleando la batalla del cáncer. Luego de largos años de lucha, su luz se estaba apagando poco a poco, dejando a sus dos hijas, esposa y dos nietos. 

Horas antes de su muerte, sus hijas -en un intento por alargar su tiempo- llamaron a la ambulancia para que le dieran una asistencia que nunca llegó. Mi tío murió en su casa.  La paradoja del abuso seguía escribiéndose: al otro día, durante el velorio, sonó el teléfono personal de una de sus hijas y la voz de una encuestadora le pegó en la cara cuando le pidió que evaluara el servicio de la ambulancia que nunca apareció y que pudo significar más tiempo para su padre o una muerte acompañada por quienes saben cómo ayudar a morir.  

Historias como éstas son muchas y son recuerdos así los que hoy han emergido entre el dolor y la rabia hacia un sistema público que no se responsabiliza por el pueblo al que se debe.  “Nuestro sistema de salud es uno de los mejores y más eficientes del planeta”, fueron las palabras del ministro de Salud, Jaime Mañalich, que desencadenaron por estos días la furia reflejada en los cuerpos de quienes lo han funado en centros de salud o que se desprenden de la desesperanza aprendida y escrita en los carteles alusivos que se descuelgan de la Plaza de la Dignidad.

Cuando pienso en “Violento es hospitalizarse en el suelo” ,“Por mi hijo y todos los pacientes psiquiátricos invisibles de este país”, “Que saben de miedo si no han vivido con cáncer en Chile” ,“O morimos en Baquedano o en lista de espera”, escrito en grandes letras sostenidas por hijos que no dejan de llorar por lo que pudo ser, pienso en la miseria humana traducida por el Estado y la burocracia de números que no entienden de humanidad. Estos números son los que se acompañan, para poder golpear la mesa, con como “tenemos uno de los mejores sistema de Salud en Chile”, “en cualquier lugar del mundo se pierden órganos por procesos logísticos”, “los pacientes siempre quieren ir temprano a un consultorio, algunos de ellos, porque no solamente van a ver al médico, sino que es un elemento social, de reunión social”.

El sistema de salud tiene que ser uno de los pilares fundamentales en cada país. El Estado debe garantizar que todas las personas sean atendidas con dignidad y de la forma más correcta posible, porque no olvidemos que estamos hablando de personas, no de objetos, no de números. 

Marya Fuentes, estuvo cuatro meses cargando una bala en su rostro, esperando a que la lista de espera bajara y fuera su turno. La noche del 26 de septiembre iba a ser como cualquier otra, se dormiría temprano porque al otro día tenía clases en la universidad, pero los balazos no paraban mientras su madre le pedía alejarse de la ventana y no salir.  Se acostó en su cama y sintió el estruendo cerca de su cara y un pitido que se hacía presente cerca de su oído. Intentó levantarse pero no pudo, sintió que gritaba pero nadie la escuchó. Fue ahí cuando su hermana llegó a los minutos alumbrando con la linterna de su teléfono, para comprobar si Marya estaba bien. 

La primera imagen que apareció en medio de la oscuridad fue la cara ensangrentada de su hermana. Comenzó a gritar por ayuda al resto de sus vecino, ya que sus padres no se encontraban en casa. Luego de minutos llegó el “Chino” a socorrerla. La tomó del brazo y la subieron a un auto para llevarla al Cesfam más cercano. Marya nunca perdió el conocimiento mientras intentaba limpiarse la sangre constantemente: “Me da mucho asco la sangre y ese dia no podia hacer que se detuviera”. 

En el recinto médico le realizaron las primeras curaciones y le informaron que una bala entró en su cabeza. Además le indicaron a su familia que sería transferida a la Posta 4. El padre de Marya al escuchar el lugar a donde la enviarían rogó para que a su hija la trasladaran al Instituto de Neurocirugía, debido a que tenía miedo de que hubiera algún daño cerebral.  En el Cesfam se negaron, por lo que el padre tuvo que firmar un papel en que dejaba exenta de responsabilidad al centro asistencial y a la ambulancia, en caso que su hija falleciera en el camino. Lo más importante en ese momento era que su hija sobreviviera, y sabía que en esa posta su hija moriría. “Mi papá decía “si la llevan a ese lugar se va a morir esperando”, recuerda.

Gracias a la Ley de Urgencia es obligación que los centros asistenciales reciban a las personas que ingresan con riesgo vital, luego de ser estabilizadas quedan en el sistema de salud como cualquier paciente.  Unos 9.724 pacientes murieron en la lista de espera durante el primer semestre del 2018, esto significa un aumento del 54% en consideración al año 2017. La mayoría de las personas fallecieron esperando por una consulta con un especialista o una intervención quirúrgica Auge.  

El cirujano maxilofacial que atendió a Marya también trabajaba en la Clínica Las Condes. Ella esperó cuatro meses para que se concretaba la operación y hubiera un pabellón disponible..“Si hubiera caído en la Clínica Las Condes me hubieran sacado la bala enseguida, pero acá tuve que esperar meses por ser pobre”, reclama.

Ella tuvo complicaciones para comer, dormir, algunos días su rostro se hinchaba y el dolor era insoportable. Tuvo que dejar de estudiar y congelar la carrera de Ingeniería en la Universidad de Chile, aprendió a comer sola, caminar y valerse por sí misma luego de tres semanas del accidente.  En el momento en que la bala ingresó por el lado izquierdo superior de su rostro, su vida cambió para siempre: perdió el olfato , el 80% de visión  de su ojo derecho y parte de la sensibilidad en su cara.  La ayuda llegó cuando decidió enviarle una carta al ex-ministro de Salud, Emilio Santelices, para que intercediera para poder realizar una operación. Al mismo tiempo fue al matinal Mucho Gusto,: “Si no hubiera sido porque en el matinal hicieron una conexión en directo  con el ministro, a mi nunca me hubiera operado”. 

Luego de ese programa, pasaron cuatro días y Marya  se encontraba entrando a pabellón para remover la bala que estaba en su rostro. “Tuve suerte en comparación a otras personas que aún esperan por atención”, reconoce. 

Axel Schmidlin Guerrero tiene 38 años es repartidor de cerámicas y el pasado 9 de diciembre fue al Hospital San José por un dolor en su estómago. Al llegar le informaron que no quedaban camas disponibles, por lo que tuvieron que atenderlo en la silla junto a otras 14 personas. Así estuvo dos días seguidos hasta que una peritonitis lo obligó a ser transferido a la Clínica Dávila en Recoleta. Fue operado de urgencia.  El Hospital San José es uno de los hospitales más colapsados en Santiago; cuenta con una capacidad de 400 mil personas, pero atienden a más de un millón.. El recinto de la zona norte recibe a personas de las comunas de Recoleta, Conchali, Independencia, Lampa, Quilicura, Huechuraba, Colina y Til Til 

Cuando una ve las imágenes de personas siendo atendidas en situaciones en el piso, en los pasillos, en sillas e incluso en carros de supermercados, se da cuenta que la realidad que viven miles de chilenos y chilenas que no cuentan con  la capacidad económica para costear la misma atención en una clínica. El sistema público de salud en Chile es:  Humanos desechables, vidas desechables y números para el Ministerio de Salud. Morir en Chile es morir con una frase en el pecho: “Morí porque fui pobre”, sin un Estado responsable de las vidas. y con el miedo como compañero de ruta.

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